Escena 1

em{color:#123f47} p{margin:1em 0}Apertura

Alicio empezaba a cansarse mucho de estar sentada junto a su hermana en la orilla, y de no tener nada que hacer: una o dos veces había echado un vistazo al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos, «¿y de qué sirve un libro», pensó Alicia, «sin dibujos ni diálogos?»

Así que estaba considerando en su propia mente (en la medida de lo posible, pues el calor del día la hacía sentir muy soñolienta y atontada) si el placer de hacer una guirnalda de margaritas valdría la pena de levantarse y recoger las margaritas, cuando de repente un Conejo Blanco con ojos rosados pasó corriendo cerca de ella.

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No había nada particularmente notable en eso; ni a Alicia le pareció tan fuera de lo común escuchar al Conejo decir para sí: «¡Ay, Dios mío!